jueves, 19 de noviembre de 2015

Como se le habla al pueblo (completo)




 Parte I

Qué alegría me dio, Esteban, recibir ese mail con la noticia de tu vuelta. Andar avisando las cosas por mail en el dos mil quince, ¿a vos te parece? Sí, ya sé, me dijiste mil veces que estas peleado con la tecnología, y que la mejor forma de adaptarte allá es cortando con lo de acá. Pero se te fue la mano, che. Con gente como vos Bill Gates se hubiera muerto de hambre. Y ahora, con lo canoso y panzón que estás no creo que vayas a cambiar el discurso. Además, siempre te gustó jugarla de solitario, ¡las veces que hemos ido a buscarte y tu vieja te cubría y nos decía que no estabas cuando de afuera se escuchaba el saxo desde tu pieza! Cuántas cosas te perdiste, querido. ¿Notaste mucho cambio en el país?.... Viste cómo cambió... Ahora te cuento lo del gordo. No lo podes creer, ¿no? A mí me costó mucho.

Tranquilo, no seas ansioso, quédate sentado que ahora te cuento cómo fueron las cosas. No sabés, no te das una idea cómo cambió todo. De aquellos tres pendejos que juraron amistad eterna con ese pacto asqueroso de saliva, solo queda el recuerdo. Y Bueno, así son las cosas, así es la vida, supongo.

Pongo el agua y te cuento. Tenemos unos cuantos días para ponernos al día. Si, es cierto, esa frase es de mina, no hay necesidad de ponerse al día. ¿A quién le importa?... Jaja tenés razón, esto no es un noticiero. Bueno, quiero decir que vamos a tener unos cuantos días para pasarla bien…

Ya te di el gusto en la primera tanda, ahora los voy a hacer amargos, como debe ser.  

¿Vos te fuiste en el dos mil cuatro, no? Ah, en el dos mil tres. Bueno, en el dos mil cuatro empezamos a trabajar juntos. Ya estaba todo bastante complicado, yo tenía ganas de irme a la mierda cuando justo le ofrecieron al gordo agarrar la dirección. Yo le dije que no se le ocurriera, que le explotaría la bomba en la mano, pero viste cómo es él. Y digo cómo es, en presente, porque es el mismo de siempre.... Sí, cambió, pero es el mismo, dejame que te cuente. Siempre intentando manejar todo, gastando una energía descomunal para convencer a quien sea de lo que fuera. Como con el pacto de saliva ¿te acordas? Vino un día con esa idea ridícula que había visto en una película. A nosotros nos daba un asco terrible y le dijimos que no era necesario hacer estupideces para reafirmar algo que tampoco era necesario. Nosotros éramos más relajados, decíamos que la amistad debía fluir, tenía que ser natural, y que si debíamos hacer rituales o cualquier tipo de condicionamiento es porque algo andaría mal. Él, en cambio, tenía la necesidad de plasmar todo en una especie de contrato para darle entidad. Al final se salió con la suya, como siempre. Terminábamos haciendo su voluntad más por fiaca a sostener el no, que por convencimiento.

¿Te acordás cuando nos llevó a esa secta de entusiastas dispuestos a cambiar el mundo con la única herramienta de la sonrisa y de divulgar boca a boca cuán felices éramos? Creían que la felicidad se contagia como una gripe… No, no quieras salvarte. Vos también fuiste, fuimos los dos. Hay que reconocerle que siempre tuvo ese espíritu inquieto. Cuando le sacabamos los muertos del placard él nos retrucaba; a vos te decía que eras tan inútil que sólo te quedaba jugarla de hippie vago y exótico por elegir el saxo, y a mí me acusaba de hacerme el intelectual y no ser capaz de mover un dedo por nadie…. Si, lo decía en joda para chicanearnos, pero lo decía.

¿En dónde estaba? Ah sí, en el dos mil cuatro. Yo le dije que ni se le ocurriera agarrar esa papa caliente y que no contara conmigo, que yo estaba a punto de renunciar. En el consultorio me estaba yendo bien y tenía otras propuestas de trabajo. Pero el tipo se las ingenió. Una noche me pasó a buscar sin avisar y fuimos a cenar. Tenía todo armado. Me engatuzó emocionalmente. Sacaba de la galera una anécdota tras otra para demostrarme que esa amistad debía estar al servicio de algo mayor y que no lo dejara en banda, que con su capacidad de gestión y mi supuesta inteligencia para hacer lecturas de situación íbamos a sacarlo adelante. Ya estábamos medio borrachos cuando empezó a nombrar la vida; que la vida nos había dado esa oportunidad, que era un regalo de la vida poder trabajar juntos, que la vida nos estaba probando para ver si tantas charlas de sobremesa servirían para algo…

Otra vez lo seguí en su locura y empezamos a trabajar juntos.

Casi un año estuvimos trabajando juntos. Nos turnábamos para poner el auto y viajábamos todos los días juntos. En los primeros meses la cosa mejoró un poco, supongo que el cambio de aire en la dirección había venido bien y el clima laboral había mejorado mucho. Pero al poco tiempo todo había vuelto a la normalidad. Los sueldos seguían siendo una miseria, no nos mandaban los recursos que necesitábamos, y organizar las guardias era apelar a la buena voluntad de cada uno. Más de una vez iba él mismo iba a cubrir los fines de semana, ¡a vos te parece inmolarse de esa forma!. ¡Hasta nos cortaron el teléfono por falta de pago! ¿Te imaginás lo que es estar solo en una guardia un fin de semana, sin teléfono, a merced de que a cualquier paciente se le ocurriera psicotizarse o simplemente que se fracturara jugando a la pelota, o que le agarrara un pico de fiebre, o que seas vos el que delirara de temperatura?  ¿Qué hacés? ¿te vas al hospital y dejas a todos los pacientes a cargo del lugar? Era todo un desastre, el lugar se caía a pedazos literalmente y todos, pacientes y profesionales, corríamos el riesgo de que se nos cayera una viga en la cabeza.

Dale, andá que de paso yo cambio la yerba… La tercer puerta a la izquierda, y no te olvides de tirar la cadena.

Parte II


Teníamos cuarenta y cinco minutos de viaje de ida, y otros cuarenta y cinco de vuelta. Todos los días, en esa hora y media, no podíamos hablar de otra cosa que no fuera del trabajo. Estaba indignado, pobre, como todos. Pero él lo llevaba en el cuerpo, no sólo lo decía sino que lo vivía, lo sentía en la boca del estómago. Lo mío, en cambio, era sólo en el discurso, decía estar indignado y realmente lo estaba, pero no permitía hundirme en esa desazón. Llegaba a mi casa y me desconectaba en seguida. No puedo entender cómo se puede ser tan inepto, me decía, tan hijo de puta, tan incapaz, tan que todo te chupe un huevo, tan perverso, y otros tanes referidos al gobernador, al ministro de salud y de ahí, uno por uno en el escalafón de la estructura hasta llegar a él. No se salvaba nadie, ni supervisores, ni directores regionales, ni el subsecretario, ni ningún intermediario entre el paciente y el presidente.

Claro que la indignación no se limitaba al campo de la salud donde veíamos la realidad a diario, porque cuando se está indignado se lo está con todo, con la educación, con la economía, con la justicia, con la inseguridad y bueno, para qué seguir….

Tranquilo gordo, te vas a morir de una úlcera, le decía medio en joda y medio en serio. Exageraba, pero no mucho, si hasta empezó a tomar ansiolíticos... Incluso a veces, sin quererlo, me convertía en un pastor sanador aconsejándole que disfrute de la familia, que deje el trabajo en la puerta de la casa y esas frases irremediablemente comunes y vulgares. Pero el gordo no se quedaba en la queja, el tipo movía cielo y tierra para conseguir lo mejor para el equipo. Se peleaba con quien fuera y ponía la cara por todos. Yo trataba de que bajara un cambio. Un día, creo que estábamos en octubre, le dije que si seguía así, tan bélico, no cortaría el pan dulce. Claro, que no cortaría el pan dulce, ¿no entendés? Que lo echarían antes de fin de año. Él se reía y me decía que no fuera pájaro de mal agüero.

¡Las veces que te nombraba cuando teníamos esas charlas apocalípticas! qué bien la hizo Esteban, me decía. Se tomó el palo cuando todo se estaba desmoronando. El tipo vive soplando el saxo y no se hace problema por nada. Está bien, no será millonario, pero a quién le importa….

No, no es que el gordo quisiera ser como vos, además, de quererlo, no podría. Quería irse, escapar un poco. Estaba demasiado compenetrado con el laburo que hasta le trajo más de un dolor de cabeza con la mujer.

No, ese no fue el momento de la conversión. Aguantá un poquito que ya llego. Te decía, el tema es que estaba tan cebado que un día discutió muy feo con uno de los supervisores. Era uno de esos tipos que te caen cada tanto con trajecito y una agenda. Te preguntan qué necesitas y vos le armas por enésima vez la lista de todas las miserias y te dicen que bueno, que se van a ocupar, y se van. Volvés a tener noticias del tipo después de seis meses, cuando viene otro ñato con un traje similar y te cuenta, antes de tomar nota de las carencias, que al supervisor anterior lo ascendieron. Todos discutimos con ese fulano, pero él era el director. Así que una semana después, el 23 de diciembre, le avisaron que no seguiría en el cargo, lo mandarían a otro centro pero ya no como director. Pobre gordo, no pudo cortar el pan dulce…

Al año siguiente empezó a evaluar más seriamente la posibilidad de irse a vivir al sur. No, no sé en qué fecha exacta se convirtió, sólo me acuerdo de una cena. Si, de una cena en especial porque ese día me cayó la ficha, fue el momento bisagra al menos para mí, claro. A partir de ahí todas las cenas se convertirían en lo mismo. Ese día nos juntamos en casa y, como de costumbre, salió el tema de la salud pública, de la educación y del país. Te juro, Esteban, pensé que le pasaba algo, estaba poseído. No, loco no, poseído. El tipo tiraba estadísticas, ¿podés creerlo? ¡Estadísticas!, me hablaba como se le habla al pueblo, con un tono impersonal, distante, como si fuese la primera vez que me veía, ¿me entendés? me sentí un periodista entrevistando a un político, sabiendo cómo se estructura ese discurso pero sin intención de confrontarlo. Cuantificó toda la charla. Ya no hablaba de la calidad educativa, sino del porcentaje de chicos que estaban escolarizados. Ya no nos lamentábamos que en los hospitales faltaran gasas, sino que ahora me informaba la cantidad de salitas de salud que se habían inaugurado. ¿Qué tipo de análisis se puede hacer cuando repetís números que todos sabemos para qué sirven? Estaba poseído por el discurso político, ¡justo conmigo! Yo le nombraba al gobernador, al ministro, al presidente, le tiraba los nombres para ver si recordaba algo, si reaccionaba, tal vez lograba removerle malos recuerdos y lo hacía entrar en razones. Pero al tipo no se le movía ni un músculo de la cara, como si le estuviera nombrando la defensa de Estonia. Lo primero que pensé fue que le habrían ofrecido algún cargo, pero no. El gordo nunca fue de esos… además, con la experiencia que tuvimos me bastó para saber que siempre se pondría del lado del trabajador. Nunca supe cuando hizo el clic, creo que ni él, aún hoy, lo sabe.

Me costó mucho aceptar el cambio, por un tiempo pensé que había perdido un amigo, pero no por estar en veredas opuestas de la noche a la mañana, sino porque el tono de las charlas cambió para siempre. Ya no éramos dos amigos hablando de la vida; había un político que informaba a un ciudadano, y un ciudadano que tenía las mismas ganas de discutir que se puede tener en la cola del supermercado con el extraño de adelante. Era inútil, estábamos en planos diferentes.

Al tiempo se fue a vivir al sur y empezó a hacer la carrera que hizo. Se ve que allá andaban necesitando de un caudillo bonaerense.  De a poco fui entendiendo todo. La situación en general, quiero decir. ¿Te acordás cuando nos llevó a una reunión del partido Recrear, de López Murphy? No te rías, el gordo siempre fue así. Eso es lo que fui entendiendo, que el tipo nació para esto, es político desde siempre. Si te pones a hablar del gordo y te olvidas que te estás refiriendo a él, estarías describiendo a un político. Lo que pasa es que siempre lo vimos de cerca, siempre fue uno de nosotros, entonces es más difícil poner las cosas en su lugar, y si logramos hacerlo racionalmente, el corazón va a ofrecer resistencia.

Poco, ahora lo veo poco. A veces lo llamo cuando aparece en la tele o para los cumpleaños, o él se da una vuelta por casa cuando anda por Mercedes.

No, no creo que sea pasajero. Ésta vez es para siempre. El gordo encontró su lugar en el mundo y cuaja perfecto en ese molde. Deberías verlo, hasta su gesto cambió.

Es extraño, che…. cuando más cerca de la gente deberían estar, más se alejan.




lunes, 16 de noviembre de 2015

Como se le habla al pueblo

Qué alegría me dio, Esteban, recibir ese mail con la noticia de tu vuelta. Andar avisando las cosas por mail en el dos mil quince, ¿a vos te parece? Sí, ya sé, me dijiste mil veces que estas peleado con la tecnología, y que la mejor forma de adaptarte allá es cortando con lo de acá. Pero se te fue la mano, che. Con gente como vos Bill Gates se hubiera muerto de hambre. Y ahora, con lo canoso y panzón que estás no creo que vayas a cambiar el discurso. Además, siempre te gustó jugarla de solitario, ¡las veces que hemos ido a buscarte y tu vieja te cubría y nos decía que no estabas cuando de afuera se escuchaba el saxo desde tu pieza! Cuántas cosas te perdiste, querido. ¿Notaste mucho cambio en el país?.... Viste cómo cambió... Ahora te cuento lo del gordo. No lo podes creer, ¿no? A mí me costó mucho.

Tranquilo, no seas ansioso, quédate sentado que ahora te cuento cómo fueron las cosas. No sabés, no te das una idea cómo cambió todo. De aquellos tres pendejos que juraron amistad eterna con ese pacto asqueroso de saliva, solo queda el recuerdo. Y Bueno, así son las cosas, así es la vida, supongo.

Pongo el agua y te cuento. Tenemos unos cuantos días para ponernos al día. Si, es cierto, esa frase es de mina, no hay necesidad de ponerse al día. ¿A quién le importa?... Jaja tenés razón, esto no es un noticiero. Bueno, quiero decir que vamos a tener unos cuantos días para pasarla bien…

Ya te di el gusto en la primera tanda, ahora los voy a hacer amargos, como debe ser.  

¿Vos te fuiste en el dos mil cuatro, no? Ah, en el dos mil tres. Bueno, en el dos mil cuatro empezamos a trabajar juntos. Ya estaba todo bastante complicado, yo tenía ganas de irme a la mierda cuando justo le ofrecieron al gordo agarrar la dirección. Yo le dije que no se le ocurriera, que le explotaría la bomba en la mano, pero viste cómo es él. Y digo cómo es, en presente, porque es el mismo de siempre.... Sí, cambió, pero es el mismo, dejame que te cuente. Siempre intentando manejar todo, gastando una energía descomunal para convencer a quien sea de lo que fuera. Como con el pacto de saliva ¿te acordas? Vino un día con esa idea ridícula que había visto en una película. A nosotros nos daba un asco terrible y le dijimos que no era necesario hacer estupideces para reafirmar algo que tampoco era necesario. Nosotros éramos más relajados, decíamos que la amistad debía fluir, tenía que ser natural, y que si debíamos hacer rituales o cualquier tipo de condicionamiento es porque algo andaría mal. Él, en cambio, tenía la necesidad de plasmar todo en una especie de contrato para darle entidad. Al final se salió con la suya, como siempre. Terminábamos haciendo su voluntad más por fiaca a sostener el no, que por convencimiento.

¿Te acordás cuando nos llevó a esa secta de entusiastas dispuestos a cambiar el mundo con la única herramienta de la sonrisa y de divulgar boca a boca cuán felices éramos? Creían que la felicidad se contagia como una gripe… No, no quieras salvarte. Vos también fuiste, fuimos los dos. Hay que reconocerle que siempre tuvo ese espíritu inquieto. Cuando le sacabamos los muertos del placard él nos retrucaba; a vos te decía que eras tan inútil que sólo te quedaba jugarla de hippie vago y exótico por elegir el saxo, y a mí me acusaba de hacerme el intelectual y no ser capaz de mover un dedo por nadie…. Si, lo decía en joda para chicanearnos, pero lo decía.

¿En dónde estaba? Ah sí, en el dos mil cuatro. Yo le dije que ni se le ocurriera agarrar esa papa caliente y que no contara conmigo, que yo estaba a punto de renunciar. En el consultorio me estaba yendo bien y tenía otras propuestas de trabajo. Pero el tipo se las ingenió. Una noche me pasó a buscar sin avisar y fuimos a cenar. Tenía todo armado. Me engatuzó emocionalmente. Sacaba de la galera una anécdota tras otra para demostrarme que esa amistad debía estar al servicio de algo mayor y que no lo dejara en banda, que con su capacidad de gestión y mi supuesta inteligencia para hacer lecturas de situación íbamos a sacarlo adelante. Ya estábamos medio borrachos cuando empezó a nombrar la vida; que la vida nos había dado esa oportunidad, que era un regalo de la vida poder trabajar juntos, que la vida nos estaba probando para ver si tantas charlas de sobremesa servirían para algo…

Otra vez lo seguí en su locura y empezamos a trabajar juntos.

Casi un año estuvimos trabajando juntos. Nos turnábamos para poner el auto y viajábamos todos los días juntos. En los primeros meses la cosa mejoró un poco, supongo que el cambio de aire en la dirección había venido bien y el clima laboral había mejorado mucho. Pero al poco tiempo todo había vuelto a la normalidad. Los sueldos seguían siendo una miseria, no nos mandaban los recursos que necesitábamos, y organizar las guardias era apelar a la buena voluntad de cada uno. Más de una vez iba él mismo iba a cubrir los fines de semana, ¡a vos te parece inmolarse de esa forma!. ¡Hasta nos cortaron el teléfono por falta de pago! ¿Te imaginás lo que es estar solo en una guardia un fin de semana, sin teléfono, a merced de que a cualquier paciente se le ocurriera psicotizarse o simplemente que se fracturara jugando a la pelota, o que le agarrara un pico de fiebre, o que seas vos el que delirara de temperatura?  ¿Qué hacés? ¿te vas al hospital y dejas a todos los pacientes a cargo del lugar? Era todo un desastre, el lugar se caía a pedazos literalmente y todos, pacientes y profesionales, corríamos el riesgo de que se nos cayera una viga en la cabeza.


Dale, andá que de paso yo cambio la yerba… La tercer puerta a la izquierda, y no te olvides de tirar la cadena....


Si querés saber cómo termina la historia date una vuelta el jueves a la mañana que ya estará cargada la segunda parte 


viernes, 30 de octubre de 2015

Con las pantuflas de mi abuelo

Cuando me llamaron lo dudé. Es cierto que se trata de una posibilidad única, que puedo crecer profesionalmente y que ayudarlo en lo que pueda es devolverle un poquito de todo lo que me dio, aunque él no lo sepa. Pero también es cierto que me llamaron porque siempre fui dedicado y responsable con mi trabajo y si aceptara iría en contra de ello.

Ahora ya es tarde. El tipo está ahí, detrás de la puerta de vidrio, a cuatro metros de la oficina donde el director me cuenta lo que espera de mí y me dice la cifra que piensa pagarme. Lo veo por el rabillo del ojo. No quiero desviar la mirada para no pasar por maleducado. Está en el medio del pasillo, como esperando algo. El director lo mira y no se inmuta, como si estuviera acostumbrado. Entonces yo también miro y se me cae la pera. Y aunque estoy acá precisamente para tratar con él, cuando lo veo ahí, con su parada de gallito sacando pecho, con los pescadores que suele usar y con su melena abundante y desprolija como la tenía de pibe, no puedo evitar que me tiemblen las piernas.

El director mueve la boca y los brazos, supongo que habla de días y horarios, pero yo estoy en la casa de mi abuela comiendo buñuelos, viendo cómo mi viejo enloquece, se arrodilla ante el televisor y empieza a gritar que el tipo es un hijo de puta pero que también es Dios, que lo ama más que a mi vieja, y que no se muera nunca. El hombre correcto de corbata y portafolios que me lavaba la boca cuando decía una mala palabra estaba desquiciado. Vuelvo al rostro avejentado del director y escucho que me advierte sobre la importancia de hacer bien el trabajo porque el país tiene los ojos puestos en la clínica. Si, claro, ya lo sé. En la puerta hay una multitud de fanáticos y periodistas que hacen guardia esperando novedades.

Mientras el director responde un llamado aprovecho para mirar con más detenimiento al tipo. Sigue ahí. Ahora se le acercan dos enfermeras que intentan convencerlo de algo pero él las aparta con un gesto y señala insistentemente la oficina del director -me señala a mí-, como si deseara hablar con él. La remera que tiene puesta se levanta un poco y el ombligo queda al descubierto. Le miro los pies, sus pantuflas se parecen a las de mi abuelo. Me detengo en el izquierdo y veo a mi viejo lagrimear ocho años después del día que enloqueció. Los dos estamos al borde del llanto, sabemos que se acabó todo, que sin ese tipo de pantuflas estamos perdidos. Fue la primera vez que lloramos por lo mismo, la segunda fue por la muerte de mi abuela, la tercera fue de alegría, en la entrega del título, cuando juré por la ética profesional. La misma ética que impide el trato a familiares y amigos por atentar contra la objetividad pero que nada dice de los tipos como éstos, tan cercanos y tan lejanos a la vez.

No lo podemos controlar, hace lo que quiere, se la pasa comiendo pizzas, me dice el director después de cortar. Los dos sabemos que el tipo no tendría que estar internado ahí, que lo suyo no es una psicosis, apenas algunos excesos. También sabemos que su estadía sirve para promocionar la clínica.
 
Ahora estoy en su habitación, frente a frente. Al principio no sé cómo actuar, el tipo me ignora y yo me comporto torpemente, parezco uno de sus fanáticos que hacen vela en la puerta. Las palpitaciones empiezan a ceder cuando me detengo en sus ojos. Su mirada es triste, cansada. De a poco baja la guardia, deja los monosílabos como respuesta y me cuenta algunas anécdotas de la clínica que le causan gracia, en especial las referidas a Néstor o a Parquita, dos de los pacientes crónicos de más antigüedad. Después de una sonrisa tibia hace una pausa y me dice en tono reflexivo que daría cualquier cosa por ser como yo, ¿Cómo yo? si, como vos. Poder ser un tipo normal con un trabajo normal, con una mujer y dos hijos que me esperen con la comida caliente, con un perro que me salte cuando llego a casa y que pueda andar por la calle con la libertad que da el anonimato. Lo miro perplejo y me veo tratando de meter la pelota con el pie en la maseta grande, relatando un partido imaginario y nombrándome con su nombre cada vez que lo logro. No sé si está siendo irónico o lo dice de verdad.

Hoy nos vemos por tercera vez. Hasta ahora ha resultado bastante bien fingir que para mí es un paciente más. Pero esta mañana me olvidé de ese detalle y salí de mi casa sin medias porque hacía calor. Después del saludo inicial me siento frente a él y cruzo las piernas, como siempre. El ambo se levanta un poco y el tipo me mira a la altura del tobillo y reconoce su firma. Taparla con la mano es ridículo, ya la vio, pienso. Prefiero naturalizar la situación y seguir como si nada. Pero el tipo no necesita comportarse como si la situación fuese natural, le es natural. Ni siquiera se sorprende. Nada.

Vuelvo a mi casa y me planteo si es posible atender a un tipo así. Un hombre al que no puedo entender porque vive en otro mundo, fuera de todos los libros que estudié en mi vida, inasible para el resto de nosotros que somos tipos normales, como me dijo el primer día.

No hubo cuarto encuentro. Ese día, después de atravesar con más facilidad la guardia de fanáticos y periodistas montada en la puerta de la clínica, me recibe el director y me informa que el tipo está en Casa Rosada, había conseguido una entrevista exclusiva con Kirchner y que perdón por no habérmelo comunicado por teléfono. Al día siguiente lo subieron a un avión y lo llevaron a Cuba. En la isla lo recibió Fidel Castro y le ofreció un tratamiento exclusivo y especializado.


Creo que fue una buena decisión, ese tipo no era un paciente para esa clínica. 





lunes, 19 de octubre de 2015

En esta esquina

Quedate quieto, Tomás. Vení, sentate acá. El chico sigue jugando al básquet sin pelota. Practica movimientos de bandeja, pivotea y levanta los brazos protegiendo un balón imaginario. Yo hacía lo mismo cuando tenía su edad. Pareces mogólico, me decía mi vieja.

Ahí mismo, a dos metros de la caja cinco del sector de créditos, donde el chico simula tirar al aro, era mi lugar preferido donde no erraba nunca. Si habré hecho triples desde ahí. Sobre todo el día que hice treinta y cinco puntos contra Estudiantes. La metía de todos lados, estaba inspiradísimo. Los mellizos Pazzaro no lo podían creer, se estaban comiendo el baile de sus vidas. Creo que fue una de las pocas veces que mi viejo había venido a verme. Cuando no venía me sentía un poco huérfano, y cuando se hacía presente me sentía observado y me inhibía. Pero ese día fue la excepción; ¿Cómo jugué, papá? Y él, fiel a su estilo, contestó a medias y me dijo que había escuchado a dos padres hablar de mí. ¡Cómo juega el base! Fue la frase que escuchó mi viejo. ¿Y vos qué hiciste? ¿Les dijiste que eras mi papá? No, yo me quedé en silencio, quería escuchar qué más decían.

Hubiese querido que lo hiciera, que dijera el base es mi hijo, así como mi abuelo hubiese querido que lo nombrara el día que fuimos a la tele y el conductor nos preguntó  quiénes eran nuestros ídolos y yo dije Marcelo Milanesio. ¿Milanesio? Me dijo mi abuelo cuando vio la nota. ¿Milanesio te enseñó a jugar? ¿Milanesio te armó el aro de básquet en la quinta para que practicaras? ¿Milanesio jugó con los Globetrotters? No, claro que no. Todo eso lo había hecho mi abuelo y yo no lo había reconocido.

Sobre ese mismo aro que daba a la entrada del club, que imagino a la altura del aire acondicionado, también aprendí lo que significa quedar en ridículo y desear que te trague la tierra cuando agarré el rebote de un tiro libre y, movido por la tentación, la emboqué con tablero. Pero claro, era un rebote defensivo, y el doble fue en contra. ¿Sabrá este pibe que acá había una cancha de básquet? Tito se rascaba la barba, como cada vez que algo le preocupaba.Pensé que me sacaba y que no me pondría más en todo el campeonato. Tito, rascándose la barba, fue lo primero que vi el día del final. Lo veía desde la esquina, estaba en la vereda junto a algunos de mis compañeros y otros adultos que yo no conocía. Ese día no tendríamos práctica. Ni ese día, ni nunca más. Esta esquina ya no le pertenecía al club Ateneo, había sido vendida y nadie le había informado ni a Tito ni a las familias de quienes practicábamos básquet.

Yo jugué un tiempo más, creo que estuve un año en el club Mercedes y otros dos o tres en Estudiantes. Pero ya no fue lo mismo, yo no pertenecía a esas otras familias y los  mellizos Pazzaro (esos dos rubiecitos que no se separaban ni para ir al baño) me lo hacían saber cuando me preguntaban qué había pasado con Ateneo, por qué se cerró de la noche a la mañana y todas esas preguntas que sólo marcaban distancia. Y yo sentía que había ido a pedir la escupidera, como ahora, esperando mi turno para pedir plata. Dolina dijo alguna vez que en el pan y queso de un partido de fútbol siempre elige a sus amigos, aunque no sean los mejores, porque prefiere perder con los suyos que ganar con extraños. Y el básquet, para mí, era ese galpón, esa camiseta celeste, esos compañeros y no otros, era Tito rascándose la barba, era quedarme en el club después de los partidos para ver las otras categorías donde jugaban mis hermanos. Sin todo eso el básquet era solo un deporte. ¿Alguien le habrá contado a este chico que practica sin pelota que en los ochenta existía un club que se llamaba Ateneo de la Juventud?

La confitería que pusieron en esta esquina estaba muy bien ambientada y era de lo mejorcito de Mercedes, hay que decirlo. Aunque también debo admitir que nunca consumí nada en ese local y que lograba disuadir a mis amigos de la secundaria que quisieran ir allí. Lo sentía como una pequeña (y estúpida) venganza personal. Por eso, el día que pasé por la vereda de enfrente y lo vi a Tito con su familia en una de las mesas de la vereda, pensé que era un traidor y lo saludé de lejos, sin cruzar. Yo no les dejaría nunca ni un centavo a esos tipos que se cagaron en el club y en nosotros (y pensar que ahora vengo a pedir una deuda). Era adolescente y estaba acostumbrado a echar las culpas afuera.

Unos años después cerró la confitería y abrió este banco. Mercedes había cambiado, ya había por entonces más bancos que clubes.

La madre del chico saca papeles de la cartera y la empleada anota todo en la computadora, parece que no le resultará sencillo conseguir el crédito. El nene se cansó de moverse y ahora la espera sentado a mi lado mirando videos de básquet por el celular. ¿Tendrá algún padre, tío, o abuelo que le haya contado algo de la historia del básquet mercedino? El pibe me mira y me descubre observándolo.

-          Veo que te gusta el básquet, campeón....


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