lunes, 15 de febrero de 2016

Documentos



  • Sí -el hombre atiende con la mirada puesta en la pantalla y sus manos moviéndose en el teclado-.
  • Buen día - dice la chica-.
  • Hola
  • Mire, vengo a denunciar que me han robado el documento
  • Un momento…. ahora le tomo la denuncia -el hombre sigue compenetrado en su pc-.
  • …..
  • Documentos, por favor - por primera vez la mira a la cara y deja de escribir-.
  • No los tengo. Vine a denunciar justamente que me lo robaron
  • Pero los necesito. Tiene que identificarse para hacer la denuncia -señala la pantalla aunque la joven, del otro lado de la mesa, no puede ver lo que hay allí. El hombre lo hace como si estuviera haciendo referencia a algún formulario-.
  • Tengo una cédula de cuando era chica
  • No sirve. La cédula dejó de ser válida para identificación personal.
  • Bueno, no sé, tengo en esta cartera un carnet de suscripción a la revista Ohlala  Tiene escrito mi nombre…- la chica amaga abrir la cartera-.
  • ¿Usted me está cargando?
  • Disculpe… ¿y la tarjeta de crédito? Por suerte no la tenía en la billetera que me robaron…La tengo acá -la chica levanta el plástico como un trofeo-.
  • ¿Y cómo sé que no se la robó?... a la tarjeta, digo.... quiero decir, yo sé que es suya, que usted no se la robó. No estoy diciendo eso. Lo que digo es que para el formulario no sirve porque pudo haberla robado o encontrado en la calle. O simplemente haberla pedido prestada.
  • Entonces no puedo hacer la denuncia
  • Entienda mi situación, señorita. Yo estoy trabajando. No puedo tomar una denuncia sin que la persona se identifique. Usted pretende solapadamente que yo transgreda las reglas. Seguramente estará acostumbrada a que en muchas oficinas públicas lo hacen, pero acá no…
  • Sí, lo entiendo. Dígame, ¿Se puede hacer un nuevo documento sin hacer la denuncia de haber perdido el viejo?
  • Ahí tiene. No solamente pretende ir por el costado de la ley sino que, además, acaba de reconocer que lo perdió, y a mí me dijo que se lo habían robado
  • ¡Es una manera de decir! En realidad me lo robaron. Pero, ¿no es lo mismo para el caso? Lo que yo quiero es que quede claro que ya no lo tengo y que cualquiera lo puede tener y eso hace que yo corra riesgos.
  • Todos corremos riesgos todo el tiempo, señorita. Eso no viene al caso. ¿Necesita algo más?
  • ¿Hay alguna manera de poder denunciar que me robaron el documento sin presentar el documento porque me lo robaron?
  • Tiene que traer un testigo que diga que usted es usted. Es decir, que certifique que usted es quien dice ser, ¿se entiende?
  • ¿Un escribano?
  • No se haga la graciosa, quiere… una persona de su entorno
  • Ah ok, gracias.

  -------------------------------------------

  • Buen día -dice la chica-.
  • Hola -dice el hombre mirando la pantalla sin dejar de mover sus dedos en el teclado-.
  • Hola -dice el muchacho que acompaña a la joven-.
  • Dígame
  • Ayer estuve acá, con usted ¿Se acuerda? vine a hacer la denuncia de que perdí el documento en un robo y usted me dijo que necesitaba un testigo ya que no contaba con el documento para identificarme…
  • Sí, recuerdo. ¿usted es el testigo? -dice el hombre mirando al muchacho-.
  • Si, mucho gusto.
  • Me permite su documento.
  • Acá tiene -el muchacho le alcanza el dni y el hombre lo observa detenidamente, como si buscara algún dato que no se encuentra. Frunce su cara como si estuviera oliendo a podrido y finalmente se lo devuelve. Ahora se dispone a escribir en su máquina-.
  • Nombre y apellido
  • Eduardo Galetti -el hombre escribe a gran velocidad-.
  • Número de documento
  • treinta y tres, veintidós, cuarenta, sesenta y cuatro
  • Qué parentesco tiene con la señorita.
  • Somos novios -El hombre se detiene y los mira-.
  • Novios…
  • Sí -responde la chica-. ¿Por?
  • Dejeme pensar -el hombre se acaricia la barba y adelanta el mentón-. No, no puede ser…
  • ¿qué cosa no puede ser? -pregunta la joven un poco fastidiosa-.
  • Es que no sirve. Novios no es nada, me entiende. ¿Cómo certifico que son novios, que tienen una relación? Usted le podría haber pagado a este hombre de la calle para hacerse pasar por su novio. Está clarísimo que son novios, no estoy dudando de eso, no digo que usted esté mintiendo, sólo que no lo puedo poner en este formulario de denuncia. Me entiende, ¿no?.  
  • ¡Ahora soy yo la que cree que me está cargando! -dice la chica mientras su novio la mira extrañada, como si nunca la hubiera visto con ese ánimo-.
  • ¿qué dice?
  • Ayer usted me dijo que yo lo estaba cargando. Ahora es usted el que me está tomando el pelo. ¡Eso digo!
  • Tranquilícese, señorita. Yo estoy haciendo mi trabajo. Mire toda la gente que hay detrás suyo -el hombre señala por encima del hombre de la chica-, estoy intentando ayudarla.Estoy pensando cómo podemos hacer… escucheme, ¿ustedes están conviviendo?
  • No -la chica resopla y se deja caer contra el respaldo de la silla-.
  • ¿Qué tiene que ver eso? -pregunta el muchacho-.
  • Ay, ¡qué macana! -se lamenta el hombre-. Si convivieran podríamos decir que están en concubinato y esa es otra historia, ahí sí hay un vínculo legal y el muchacho podría ser testigo de que usted es usted, ¿me sigue?
  • ¡Bueno, sí! ¡convivimos! ¡ponga ahí que convivimos y listo, hágame el favor! -el hombre vuelve sobre la computadora y escribe-.
  • Fíjese que pese a su enojo la estoy ayudando demasiado. Estoy haciendo algo que no debería. Estoy faltando a la verdad sólo porque quiero que usted se vaya satisfecha y para que vea mi buena voluntad. Espero que sean reservados y no anden comentando por ahí lo que acabamos de hacer porque me podrían hacer un apercibimiento, y hasta echarme.
  • Quédese tranquilo -se anticipa el muchacho al ver que su novia mastica furia-, lo entendemos perfectamente. Sabemos que está en una posición incómoda y no queremos complicar aún más las cosas. Somos concubinos y se acabó la historia, así nos puede tomar la denuncia
  • Bien. Ahora faltaría una sola cosita para autentificar que ustedes son concubinos. Necesitan un testigo... un vecino, el portero, alguien que de cuenta que ustedes viven juntos, y con eso estamos.



viernes, 29 de enero de 2016

Aislados


  • ¿Qué hacemos? – preguntó ella para romper ese silencio autista-.
  • Nada
  • ¿Seguimos esperando?
  • ¿y qué otra cosa, si no? Yo me quedó acá. Vos, si querés, andá a descansar.
  • Ojalá pudiera. Me duele todo pero no voy a pegar un ojo hasta saber algo…
  • ¿Querés que te haga masajes?
  • Ay, me encantaría. Hace mil años que no me hacés….
  • Hace mil años que no me pedís...
  • …….
  • …….
  • Te acordás cuando estaba embarazada… te pedía masajes en los pies…
  • Sí, a la noche…. Niquito se movía un montón y nosotros decíamos que le llegaban las cosquillas…

No había llegado la calma, más bien hubo una pequeña interrupción del fuego cruzado. Él se levantó y ubicándose detrás de ella empezó a hacerle masajes en el cuello y entre los omóplatos. Buscaba nudos, contracturas, mientras la escuchaba sollozar una vez más. Cada tanto ella volvía a estirarse sobre la mesa para depositar otro pañuelo descartable en el cenicero desbordado de colillas y pañuelos húmedos. Sus ojos hinchados denotaban cansancio y angustia.

Luis no sufría menos, sólo que impostaba fortaleza y se mostraba seguro. Su oficio lo había curtido en el arte de tomar distancia de los hechos.  

  • Tengo miedo, Luis. ¿por qué no llaman?
  • Tranquila, gorda. Todo va a estar bien. Estoy seguro que sólo quieren plata. Ya van a llamar.
  • ¿Y si lo mataron?... Yo te dije, Luis. Te lo dije.
  • No empieces otra vez, por favor.

Desde aquel martes fatídico, después de que estuvieran en la comisaría, eran dos entes moviéndose por la casa. El contacto generalmente lo hacen al tercer día y por la noche, les había dicho el comisario. Las setenta y dos primeras horas son las más importantes para estos tipos, en ese lapso la familia agota todas las posibilidades hasta que se resignan, bajan la guardia, pierden las esperanzas y no ofrecen ninguna resistencia, no les queda ni un gramo de energía para la negociación, les explicaba con tacto. Tienen que estar tranquilos, seguramente lo harán de noche porque está estudiado que es el momento donde prima el aspecto emocional por sobre el racional. Ah, llamarán al fijo porque con los celulares es más simple rastrear la comunicación.

No empieces otra vez, le dijo Luis. Hacía dos horas, nada más, que habían tenido la última repetida discusión. Ella le preguntó si quería otro café. No, gracias. No quería. Todo lo que quería era que sonara el puto teléfono, arreglar, y acabar con todo de una vez. Florencia se fue refunfuñando a la cocina a prepararse el suyo y desde allá, volvió a increparlo. ¿Por qué no la había escuchado cuando le dijo un millón de veces que se dejara de joder con esa gente, que se alejara de esa investigación de mierda que no lo conduciría a nada bueno? Encima, después de las amenazas no se le ocurrió mejor idea que hablar con la prensa como una manera de protegerse.  

¿Otra vez con la perorata? ¿No lo habían discutido ya mil veces? Era momento de estar más unidos que nunca, de rezar, de tener esperanzas, de darse fuerzas uno al otro. Además, no había manera de comprobar que efectivamente hubieran sido ellos. ¿Y si sólo buscaban plata? Además, si vamos al caso, él también tenía sus quejas, y aunque no quería volver sobre lo mismo no pudo evitar vomitarle esa bronca. ¡Cuántas veces le había dicho que no se dejara usar por esos tipos, que no firmara ese contrato, que ya tenía un nombre importante en el ambiente como para hipotecarlo de ese modo! Pero ella se obnubiló por un poco más de plata ¡no la necesitaban! y decidió hacer su militancia desde el escenario, incluso a costa de perder parte de su público. Eso podía pasar, él se lo había advertido. En el terreno de la política todo vale. Diez días antes el canal opositor le había dedicado un programa entero a difundir las cifras millonarias que recibía del gobierno cada vez que cantaba esas canciones repletas de revolución. ¡Todo el mundo sabía el capital que tenían, estaban expuestos!  

Ahora, Luis le hacía masajes y ella, con un portarretratos en la mano donde Nicolás posaba alegre en su primer de día de clases, le suplicaba a su hijo, entre llantos, que la perdonara, que si él volvía todo sería distinto. Ella se ocuparía porque… cómo puede ser… con los años que había soñado con tener un hijo y ahora debía esforzarse para rescatar del olvido un puñado de recuerdos compartidos.

  • Vos tampoco te ocupaste, Luis. ¿Qué nos pasó? ¿dónde estuvimos estos ocho años?

El timbre del teléfono interrumpió la escena. Se miraron entre sí y después al aparato.  En todo ese tiempo no habían resuelto quién atendería el llamado. Luis avanzó hacia el teléfono con la prudencia y el temor de quien debe desactivar una bomba.

  • Cuidado, Luis, cuidado.
  • Tranquila, el comisario nos dijo que estarían escuchando
 
Luis levantó el tubo mientras miraba a su esposa...




lunes, 28 de diciembre de 2015

Agua mansa



Sí, se me escapó. Ni siquiera sé si lo pienso realmente, pero algo a lo largo de la noche me llevó a hacer el comentario. Carola me mira extrañada. Mi viejo, como siempre, se hace el desentendido. Mi vieja se escapa a la cocina a buscar las copas y advierte que faltan cinco para las doce para cortar la tensión. Mi abuela se levanta y va tras ella. En la mesa (que en realidad es un tablón enorme donde entramos todos) también están mis tíos maternos, algunos de mis primos, mi abuelo, mis cuñadas, Mariano (que es el mayor y también estaba ese día) y Cristian, que es el más chico y el dueño de casa. Mis sobrinos son los únicos que no escucharon porque están correteando en el parque y, en todo caso, si estuvieran en la mesa, son muy chicos para entender. 

Cristian calla por discreción, supongo. Sabe que dije una barbaridad pero decide, con buen criterio, no responder. De hacerlo debería pararse y partirme una botella en la cabeza. Espero que esta vez seas más cuidadoso, fue lo que dije. Carola me mira como si lo hiciera por primera vez, intentando adivinar quién soy. Tiene motivos. Desde el doce de enero del dos mil trece ha llorado mucho, mucho más que yo, sobretodo los primeros meses, y yo intentaba consolarla con frases que siempre nombraban al destino y a Dios. Después dejó de llorar (al menos delante de mí) y dejé de hablar, ya no era necesario.
 
Habíamos llegado cerca de las nueve. Cristian nos atendió por el portero eléctrico y nos dijo que pasemos por el fondo. El pasto, más verde que nunca, emanaba el aroma de recién cortado y parecía una alfombra. Había armado un camino con velas rojas y blancas desde la entrada hasta la pileta, bordeando el solárium como si lo estuviera abrazando, dándole un aurea especial al sector. Alrededor del solárium había armado cuatro pequeños livings compuesto por dos reposeras y una mesita de madera  sobre la cual descansaban dos copas y una frapera con una botella dentro. El camino de velas tenía una ramificación hacia el quincho devenido en salón de eventos, donde ya estaba el tablón vestido con un enorme mantel rojo con lunares blancos que, visto de cerca, resultaban ser diminutos adornos navideños.

No éramos los primeros invitados, en uno de esos livings ya estaban Mariano, Cecilia y mi tío Tato sentado sobre el borde del agua. Sobre el techo del quincho había puesto un reflector que iluminaba la pileta convirtiéndola en el centro de atención. El agua mansa y transparente era un espejo perfecto y duplicaba las velas flotantes que se deslizaban tímidamente. No es que sea detallista, simplemente describo una ambientación tan pomposa que a nadie le habría pasado inadvertida.

Viste que lindo quedó, dijo Cristian contemplando su obra (aunque la artífice había sido Lucila, su mujer). Debe haber notado que mis ojos estaban clavados en toda esa decoración innecesaria. El reflector lo puse esta tarde y a la pile la terminamos de pintar la semana pasada. Espero que hayan traído traje de baño porque si la noche sigue así de linda quien te dice no terminemos brindando en el agua, dijo sonriente. Hace rato que no venían, ¿no? Y si, hacía rato. Desde ese día habremos vuelto cuatro o cinco veces y siempre en invierno, adentro de la casa y lejos del quincho y la pileta. No es que él no nos haya invitado, al contrario. Pero siempre poníamos una excusa.

Pasen, ubíquense donde quieran, nos dijo y agarró los vinos que habíamos traído. Saludamos a Mariano, a mi cuñada y a mi tío y me vine al quincho a servirme una copa. Carola se quedó con ellos un ratito y después fue a saludar a Lucila y a mi tía que estaban adentro preparando la entrada. Maite y Sofía se acercaron a saludarme:
  • Hola tío -me dijo Maite-, mirá lo que me regaló Papa Noel.
  • ¡Que hermoso triciclo! -le respondí con ganas-.
  • Y a mí me regalo esta bici con rueditas, dijo Sofía.
  • ¡Que bueno! creo que por mi casa también pasó y les dejó algo, vayan a preguntarle a la tía Carola.  
¿Viste que linda la decoración? Insistió Cristian que ya había dejado las botellas en la cocina y ahora se disponía a cambiar la música. Lucila se encargó de todo y hasta logró que Maite y Sofía la ayudaran con las velas. Sí, hermoso, dije por decir. ¿Te traigo hielo? ¿querés que te lleve el abrigo adentro?, ¿por qué no te sentás en esa que tiene respaldo y es mucho más cómoda? No, tranquilo, estoy bien. Ahí estaba Cristian, todo el tiempo mostrando a su familia perfecta y mandándose la parte de gran anfitrión.  

Desde las nueve y diez que llegamos hasta ahora, las doce menos cinco, Cristian no permitió que vaciara la copa. No hizo lo mismo con el resto. Su exagerada atención para hacerme sentir como en casa provocaba exactamente lo contrario. Pasé la cena mirando cómo la brisa deslizaba los pequeños botecitos de velas. Estaba aburrido y cansado de tantos elogios; que todo está riquísimo, que una maravilla cómo te quedó el parque, que las nenas están hermosas, que Lucila se pasó con la ambientación, que el vino es de primera. Qué grande que está Maite, dijo mi abuela. Si, ya tiene cuatro, contestó Lucila. En ese momento se me vino la imagen de mi cuñada y Carola embarazadas, comparando el tamaño de sus panzas, hace algo más de cuatro años, en el cumpleaños de sesenta de mi viejo. Viste abuela, le estoy enseñando a nadar, fue lo último que dijo Cristian.  

Ahora veo a mi vieja venir con las copas y se oyen los primeros estruendos. ¡Feliz año nuevo! grita Sofía que viene corriendo con la buena nueva. ¡Feliz año para todos! Dice mi viejo levantando la copa y el resto se hace eco. Después nos saludamos de a uno. Carola, que esta en la otra punta de la mesa, viene a saludarme en primer lugar. Feliz año nuevo, me dice, y me abraza como hacía rato no lo hacía. 



  

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Ahora prefiero callar




 El tipo se llama Fausto, no sé cuánto va a durar. No tengo nada contra él. Tampoco tenía nada contra Rodolfo ni contra Facundo. Viene a la tardecita y se queda hasta después de cenar. Lo único que me molesta es que se esfuerce por ser natural y a veces se pasa de confianzudo.

El otro día llegó y mi vieja se estaba bañando. Le abrí la puerta y volví al sillón porque estaba jugando el City. Se sentó a mi lado sin decir nada. Ni siquiera preguntó por ella. Cómo van, preguntó para sacar tema. Cero a cero, le dije señalándole el resultado en la tele. Me preguntó si quería mates y sin esperar mi respuesta me dijo que iría a poner el agua. Después avisó que abriría la heladera para sacar no sé que cosa. Siempre dice que está a gusto en mi casa, que se siente como en la suya, pero tiene la necesidad de anunciar todo lo que hace. Por mí, que haga lo que quiera.

Repito. No tengo nada contra Fausto. Al flaco le gusta el fútbol tanto o más que a mí y hasta hemos ido a la cancha un par de veces.  Si tiene que gastarme o refregarme que nos tienen de hijos, lo hace sin pensarlo dos veces. Eso sí que es natural y no me cae mal, al contrario. Mi vieja fue quien le dijo el primer día y delante mío que yo era un apasionado del fútbol y que era capaz de ver un partido de la liga ucraniana (siempre repite el mismo chiste ante los desconocidos y siempre dice la palabra apasionado que no me gusta para nada, porque es un adjetivo de mina). Siempre busca que sus novios coincidan, en algo, conmigo.

A los pocos meses del accidente de mi viejo trajo a casa a Rodolfo. El tipo usaba anteojos y se peinaba con gomina. Tenía la manía de tocarse los anteojos en el entrecejo como si todo el tiempo estuvieran por caerse. Ese tic ridículo aumentaba cuando estaba por decir algo que para él era importante. Sacaba y metía la lengua como un sapito, como si necesitara mojarse los labios para hablar. Me preguntaba por mi viejo; si lo extrañaba, cómo era o qué cosas hacía con él. Me decía que tenía que querer a mi mamá, que ella me amaba y que haría cualquier cosa por mí. Yo ya tenía mi psicólogo, mi vieja me mandaba para sentirse bien.

Supongo que ella también se dio cuenta de que era bastante pelotudo, o a él no le cerró su  forma de ser, que se pusiera polleras cortas o que usara tacos altos. El tema es que dejó de venir.

Cada vez que mi vieja corta con algún macho viene a mi cuarto a hacerse la amiga, siempre preguntando por la escuela y por quién me gusta. No tiene otro tema. Después se cansa y se va. O me voy yo. Es lo mismo.

Después de Rodolfo metió en mi casa a un pibe más joven que ella, Facundo. Con él no tenía trato y eso a mi vieja le jodía. A mí no. Mejor, incluso. Me traía regalos para acercarse pero le costaba hablar de algo. Qué mejor que recibir cosas y que nadie te rompa las pelotas. Cinco o seis meses y listo, no vino más.

Ahora quiere enchufarme a Rodolfo, que piensa que puede ser mi padrastro por el sólo hecho de que podamos ver un partido sin que mi vieja interceda, o porque se esfuerza en andar por mi casa como si fuera el dueño.

Yo lo miraba desde el sillón. El tipo buscaba la yerba y no la encontraba. No quería preguntarme para no reconocer que es visitante. Yo tampoco lo orientaba. Metiendo mano en la alacena tiró y rompió mi taza, la del rojo, la que mi viejo me había regalado en un día del niño. En eso llegó mi vieja con la toalla en la cabeza y lo saludó como si nada, dándole un beso de una forma asquerosa. Le dijo que no se preocupara, que no tenía importancia, Me miró y me preguntó por qué no lo había atendido. Después lo miró a él y le dijo bajito que me perdonara, que yo era un pendejo irrespetuoso. yo seguía callado, ¿para qué hablar? No se conformó con lo de pendejo irrespetuoso y le dijo que yo era tan infantil que creía que las cosas se solucionaban callando. Ahora pedía que hablara y antes me rogaba silencio, me decía que era mejor que papi no se enterara, que me olvidara de lo había visto porque si se separaban perdíamos todos.

Yo, ahora, prefiero callar.